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martes, 29 de julio de 2014

Reporte forense de una identidad

Jorge Ibarguengoitia

Presumo que la recomendación de Autopsias rápidas de Jorge Ibarguengoitia, editado por Vuelta se la debo a Eduardo Casar, en una de sus muchas y disfrutables clases de narrativa que tomé con él en el Diplomado de Creación Literaria de la Escuela de Escritores de la S.O.G.EM. Quiero recordarlo así por asociar la intensidad humorística y la capacidad de síntesis, la mirada cáustica y la  apariencia de crítica involuntaria que comparten ambos autores en lo que Guillermo Sheridan, editor de estas páginas, llama “el párrafo clorhídrico”. Aunque también pudo haber sido una de las múltiples sugerencias de Gerardo de la Torre o de Mario González. Lo que sí es que ha sido una fortuna tenerlo, leerlo y releerlo como parte de esos textos monumentales que han contribuido a develar mi identidad como escritor. Una pieza más de mi creciente biblioteca de libros de segunda, tercera y cuarta mano. Este es una primera edición en rústica de 1988 con cubierta de cartoncillo amarillo y diseño de Myriam Cerda.

Al paso del tiempo reconozco el germen de esta mirada en mis crónicas urbanas, en mis comentarios sobre cine, teatro, danza, música y literatura, y que eso me ha llevado al comentario de arte. Reconozco también que son libros como este, cronistas y autores como el mismo Germán Dehesa, posteriormente, los que han contribuido a perfilar en mí la búsqueda de una mirada fresca de las cosas, más allá de la academia o el deber ser; a buscar la voz auténtica, humilde, limitada; la del ciudadano de a pie que aprende a  reírse del absurdo que lo rodea (Instrucciones para vivir en México, Ed. Joaquín Mortiz).

La elegancia de la prosa con que Sheridan introduce esta selección de artículos publicados en el Excelsior de 1969 hasta el golpe que lo acabó en 1976 inhibe, prácticamente, cualquier otro acercamiento, por lo que transcribo algunas líneas antes de seguir con mi comentario: “En este centenar de artículos brilla el mejor Ibarguengoitia: aquel cuyas virtudes narrativas y poderes de observación se condensan en el párrafo clorhídrico; el que explora con arrestos patafísicos la trama de la diaria estulticia: el que, como hubiera querido Vauvenargues, satiriza como debe hacerse desde el amor propio y con desprecio contento; el que acude a los libros, la pantalla las calles o la memoria, con imaginación aleve, entre amargas sonrisas o carcajadas iracundas”.

Más allá de la anécdota de que cuando Julio Sherer invitó a Ibarguengoitia a escribir semanalmente en el diario,  “sobre lo que quisiera” - él pensaba que su aventura literaria duraría cuatro semanas porque era el tiempo en que se agotaría lo que sabía-, está el trabajo constante de un oficio que cultivó para publicar en el diario, luego en la revista Vuelta y más tarde en la de la Universidad.

El libro está estructurado por el editor. Los nombres de las secciones han sido propuestas por él, como lo dice en la Nota inicial sobre la selección y la edición. La primera parte, Escribir cansa, agrupa los textos relacionados con el oficio de escribir. Dentro de esta sección destacan ocho grandes grupos: ¿Para qué sirve la crítica? que reúne tres artículos sobre el ejercicio de la crítica en México, los autores, los lectores y los críticos. Extraigo un pequeño párrafo como una muestra de la sutileza de su observación: “Dije que los lectores se pueden clasificar, grosso modo, en los que leen críticas para no tener que ver las obras, los que leen la crítica y creen que ya vieron la obra, los que citan críticas para hacer creer que conocen las obras, los que creen que todas las opiniones que no coinciden con la suya están equivocadas y, por último, los que no leen críticas, saben que no saben nada, y creen que eso es una virtud”.

Apuntes para una teoría literaria,  ocho artículos sobre las distintas preocupaciones de un escritor acerca del estilo, los temas, las actividades circundantes a la escritura, otros autores; Los problemas del intelectual, tres artículos en los que explora lo que él denomina la aristocracia del espíritu (de los intelectuales), cuya operatividad define así: “Los intelectuales constituyen un grupo social suficientemente compacto como para que se perjudique porque dos de sus miembros acudan a tribunales a presentar demandas mutuas por difamación, lo bastante homogéneo para que sea posible establecer reglas relativamente sencillas sobre cuáles deben ser las relaciones entre sus miembros y el Estado, y lo suficientemente prestigioso como para que sus actitudes y opiniones afecten las relaciones entre gobernantes y gobernados”.

El señor se fue a dar una conferencia, en los que explora  las vicisitudes de estar frente a un público. Entre sus líneas nos podemos encontrar con astucias como esta: “Si alguien tiene que preparar (un tema) es que no está preparado, y si no está preparado más le vale callarse la boca” o …”debo confesar que la principal diferencia que hay entre el público que está sentado en la sala y yo, que estoy en el estrado, consiste en que yo estoy presente a fuerza –porque ya me comprometí a dar una conferencia y ni modo- y ellos asisten por ganas…”

Memorias de un dramaturgo subvencionado, tres artículos en los que cuenta los avatares de un autor y sus experiencias con los presupuestos gubernamentales y la estéril burocracia; Breve relación de algunos de mis libros, en los que hace un recuento de las condiciones en las que gestó sus primeras novelas, inspiradas en el asesinato de Obregón (Relámpagos de agosto y Maten al león) y las inspiradas en la trágica historia de Las Poquianchis (Estas ruinas que ves y Las muertas).



Usos y abusos del periódico, en los que explora la búsqueda por la noticia cotidiana, la decadencia de la nota cronológica, la nota roja; Los periódicos en mi vida, tres artículos en los que comparte aspectos técnicos, teóricos y filosóficos sobre el ejercicio periodístico y su combinación con la literatura, y cita esta joya de la historia que es la sugerencia de Sherer para dedicarse al periodismo: “Mire Jorge, los libros que usted escribe los escribe cualquiera, en cambio sus artículos, hay algunos que le salen muy bien”.

En la segunda parte “¿Por qué no vamos al cine?” Reúne artículos donde cuenta anécdotas sucedidas en torno a los edificios de los grandes cines, los programas, los personajes que asisten al cine, los chismes de los actores, directores, productores y demás. Es en esta parte donde aparece el artículo que da nombre al libro, Autopsias rápidas en el que explora una película de Saura y otra de Fellini.

Y por último, en la tercera parte “Memorias de un Boy Scout”, el polemista mexicano, nutrido de la tradición de Chesterton, Turber o Saki, como cita Sheridan en la primera solapa, o heredando la línea genética de Wilde, diría yo, nos entrega algunos relatos autobiográficos de corte familiar, escolar y urbano en donde todos fácilmente nos reconocemos. Su prosa cercana retrata los escenarios que habitamos todos los días, sólo que él sí se atreve a llamar las cosas por su nombre, lo que causa un efecto de hilaridad al darnos cuenta de los ridículos en que la solemnidad nos atrapa.

De “Historia de mis libros”
José Manuel Ruiz Regil
Analista cultural
Arte Duro Curators & Dealers

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