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jueves, 11 de diciembre de 2014

La resaca marina del viento trae ecos de mitologías


Con motivo del día de mi cumpleaños Laura, mi tía de la guarda, me obsequió un libro editado por Artes de México Conaculta, de la fotógrafa mexicana Lourdes Almeida, llamado Lo que el mar me dejó. De inmediato sentí un rumor de paráfrasis de aquella famosísima película norteamericana interpretada por Vivien Leigh y Clark Gable, Lo que el viento se llevó, basada en la novela de Margaret Mitchel en 1936, y que fue parte de la educación sentimental de la generación de nuestros padres. Digo nuestros para todos aquellos nacidos en los sesentas (a finales), como yo.

Efectivamente, Lo que el viento se llevó ha vuelto con el mar, a través de la mirada de Almeida, como resaca que transmuta elementos y nos ofrece la nostalgia de una voz traída con las olas, y que viene a varar a la orilla de una playa Homérica, donde el agua lame los recuerdos de un ímpetu de vida transformado en voluntad. Voluntad de liberación, de transformación –de ilusión, diría Alatriste su ensayo introductorio.

El viaje que nos ofrece la fotógrafa en esta colección de veintidós imágenes más una, la de la contraportada (Mi sombra y el mar), evidencia una evolución de la conciencia que va de lo sutil (Desprendimiento) donde el personaje central aparece difuso, cubierto por una túnica blanca semi-transparente, pertrechado tras un trío de rocas lamidas por las olas del mar en la ribera: a lo concreto: el cuerpo femenino como masa, como forma, como soporte, incluso. El movimiento voluntario de la imagen inicial genera una evanescencia en la materia con la que se abre la exposición y en la que bien podría enlazarse la encarnación del viento de Mitchel convertido en el agua de Almeida, con el que el ser estético comienza su periplo corpóreo.

El Ensayo sobre la ilusión de Sealtiel Alatriste  es una reflexión sobre aquello que los hindúes llaman maya, pues comenta que las fotografías de Almeida le sugieren visiones que no son reales, o realidades que pueden suceder en uno o varios espacios en los que son y no son a la vez. Vincula el estudio etimológico de la palabra con el acto de contar y rescata de esta relación el efecto literario que recordar tiene de suyo. Alude, a su vez al texto de Homero, y al de Joyce, en tanto que es probable que todas las instancias visitadas por Ulises en diez años sean las mismas que visitó Stephan Dedalus en veinticuatro horas. Y a través de una breve exégesis de El jardín de senderos que se bifurcan, de Borges, dibuja una arquitectura imaginaria en la que podemos diagramar las múltiples posibilidades de existir, de las que estas fotografías dan fe.

El personaje femenino parece a la espera del viento, de pie sobre las rocas. En las primeras fotografías lo encara (La caricia del viento), lo llama (La espuma y sus misterios), se mezcla (Simbiosis). La claridad se vela en negativo. El personaje marino es oscuro. Los elementos se contemplan en el tiempo antes de empezar su ritual de apareamiento sellado por el fuego entre las rocas, donde se complementan los cuatro elementos de la alquimia. Este proceso la fotógrafa lo ve como Éxodo Aquelarre. En esta serie se muestran personajes embozados, que remiten, sin duda a las icónicas fotografías de Manuel Álvarez Bravo, su maestro, y que desfilan a través de una composición rocosa llevando cirios en sus manos, en una procesión fantástica.

Continúa con la serie Crisálida, donde el elemento aire representado por la túnica blanca envuelve al cuerpo femenino como un capullo del que ha de liberarse llegado el momento de su maduración. Entre tanto los instantes que nos regala la pintora de luz son producidos por el ritmo de las olas y de la resaca del mar que al retirarse revela esculturas de una plasticidad mortuoria, tal vez. En que los cuerpos ceñidos por la tela mojada adquieren una expresividad singular, a veces patética; otras, ¿fantasmal? ; la de lo vivo inerte. Naufragios devueltos a tierra que tendrán un nuevo nacimiento. Despojos entre las rocas, rebabas de espuma, aguamalas anfibias saliendo a conquistar el mundo del aire. De esta metamorfosis surge Afrodita, cuyo nacimiento mitológico se remonta a la espuma simbólica que representa la castración de Urano; el viento sopla hacia la tierra y del mar emerge, entre las rocas, la diosa griega de la belleza, diríase una nereida de espuma.
Le siguen Galatea, escamoteada a la mirada del cíclope Polifemo, enredada en un drapeado blanco que escurre como gota de leche entre las rocas; Dánae, entreverada la carne con la madera del Laurel en que Apolo la convierte en venganza a su rechazo; y Pandora, de espaldas al ojo que la mira, al que sólo le entrega una cauda negra interminable, vestigio de todos los males. Podría decirse que por el punto de vista en que se emplaza la cámara esta secuencia sugiere de ellas una posición redentora, a pesar de la caída moral que supone su arquetipo.

La serie que nombra Nereida o Sirena, indistintamente, sin hacer la diferenciación morfológica que obliga, muestra una figura mitad hembra humana, mitad pez yaciente sobre la arena contemplando el infinito, en una actitud más de despedida que de espera de la nave que traerá al héroe de su amor. Por el contrario Sirena está de espaldas al mar, reclinada sobre su cola, resignada ante la pérdida, y sólo las últimas dos imágenes Nereida II y Parténope en Campania muestran la imagen yaciente y altiva del animal fantástico. Por cierto que Parténope en Campania, la única Nereida que muere ante el paso de los marinos, fue portada de la revista Macrópolis en su edición de mayo del 92, donde se publica un reportaje de David Torres sobre el desnudo fotográfico en México, “Ocho miradas a flor de piel”, y una de esas miradas es la de la fotógrafa que nos ocupa. Por cierto que esta foto es de 1989, lo cual nos hace pensar que este portafolio ya tiene su tiempo, como lo comenta Alatriste al inicio de su ensayo donde cuenta que hace ya muchos años su amiga lo invitó a presentar la exposición y entonces escribió unos pequeños poemas que luego perdió, pero retuvo en su ilusión, hasta que la epifanía de la amistad se los devolvió. Sin embargo, en este texto no cita los poemas. Me hubiera gustado tener ese testimonio de entonces.

Angel, una bella panorámica de un arrecife donde se levantan paralelas las estrías de un gigantesco órgano y el plumaje fantástico de las alas de este ser que no es ni niña ni mujer, sino un testigo contemplativo del paso del tiempo en una costa poblada por la imaginación, funciona, a su vez,  como un respiro para aterrizar en la densidad de la carne de la serie con que cierra el libro, “Las amigas de Nausicaa”, un concierto a varias voces de turgencias y oquedades veladas por las sombras, y el vestido de la arena que evidencia su pasión por los cuerpos. ¿Habrá sido esta la visión de Ulises al despertar de su naufragio? ¿Habrá participado el héroe mítico de este ágape sensual que la resaca de las olas cocinó y dispuso sobre la mesa infinita del deseo?



José Manuel Ruiz Regil.

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