Pon tu correo y síguenos.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Aceite de perro, Ambrose Bierce


Para leer el cuento, da click en el título
Aceite de perro, Ambrose Bierce

   


Boffer Bings, voz narradora de esta historia es el hijo de una familia cuyo negocio se sustenta en la atracción de perros de la calle y de niños no deseados para ser eliminados y obtener un producto medicinal que se ha vuelto muy popular en la región: Aceite de perro.

Al avanzar en esta lectura del autor norteamericano, sin tener la referencia de que es uno de los autores de literatura negra más representativos del siglo XIX, seguía con incredulidad los hechos: Un padre que obtiene aceite de perro hirviendo los cuerpos en calderos para destilar su grasa y venderla a los médicos -que además la recomendaban como muy saludable a sus pacientes, quienes la conocían como Lata de Óleo-; una madre que en un taller lejano se encargaba de dar buen fin a los niños problema, y un hijo que ayudaba a sus progenitores en la limpieza de sus industrias.

Pero un accidente, la posibilidad de un encuentro de Boffer con un policía, de quienes él pensaba “que sus actos, cualquiera que sea su carácter, son provocados por los motivos más reprensibles”, lo dirigió a esconderse en la fábrica de su padre, mientras llevaba cargando el cadáver de un niño hermoso. Es aquí donde la historia da una vuelta de tuerca, pues para deshacerse del cuerpo, Bings, lo mezcla en el caldero junto con los perros que su papá estaba destilando, y según narra, este fue el evento que cambió su vida.

La historia está narrada desde el presente, es una confesión del personaje del acto que condenó a sus padres a su muerte. Pero el tono en que está escrito no muestra mayor remordimiento moral por la naturaleza de los actos, sino por la quiebra y desaparición del buen negocio que habían logrado sus padres con el ajuste a la receta del aceite, el cual se había vuelto de mucha mejor calidad a partir de la inclusión del cuerpo del niño. Esto trajo cambios en la manera de operar de los adultos, hasta que fueron reprimidos por la administración de la ciudad. Entonces viene el desenlace en el que ambos culpando al otro de su quiebra, luego de una lucha innoble, acaban hundidos en el caldero.

El lamento de Bings sorprende por su ambigüedad. Si bien los crímenes de su padre le parecían de lo más normal, por otro lado tenía conciencia de la naturaleza moral de sus actos. Sin embargo, el lamento mayor fue el de acabar con su fuente de trabajo al confesarles a sus padres lo ocurrido con el cadáver del niño, la desaparición de su entorno familiar, y una empresa prometedora.

No puedo dejar de pensar en la gran metáfora que esto entraña. No puedo ver los crímenes como actos delictivos nada más, producto de una conciencia distorsionada e insensible. He sentido, a lo largo de la lectura que este dejar en los huesos a los perros y más tarde a los humanos que se han convertido en la escoria de la sociedad es justo lo que la cultura discriminatoria e individualista en que vivimos, cuyo principal objetivo es la ganancia, por encima de la persona, ha logrado. El hambre de los marginados, la cosificación de la miseria.

De alguna manera el sistema social va excluyendo y reciclando a este sector, y para ello se necesitan trabajadores. A veces se encuentran en las filas de la administración pública y otras en el sector empresarial, cuando no colaboran estrechamente unos y otros. Esta amoralidad que persigue la eficiencia a cualquier costo retrata de manera humorística y macabra uno de los rasgos de nuestra cultura. La denuncia de Bings es mucho más que un remordimiento por un pecado cometido en la juventud.


José Manuel Ruiz Regil

No hay comentarios:

Publicar un comentario