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jueves, 16 de abril de 2015

...y serán como dioses (Salmo 81 (82)*


El tiempo no vuelve atrás, por lo tanto planta tu jardín y adorna tu alma, en vez de esperar a que alguien traiga flores.
William Shakespeare.



Es una feliz coincidencia que este domingo, cuando la fe Católica conmemora la resurrección de Cristo, rindamos, también, este homenaje a nuestro querido maestro, el guionista, ensayista y dramaturgo Alejandro Cessar Rendón, haciendo una lectura de una de sus obras que no podría ser más adecuada: Lázaro: el perdón. Editado en 2002 por el Instituto Mexiquense de Cultura. Un poema dramático en un acto que nos sitúa en el origen del mito judeo-cristiano de la resurrección, y cuestiona la dependencia a una autoridad externa para la realización del máximo potencial individual, que es la conciencia cósmica.

Cuando Jesús vuelve a Betania, donde lo esperaba un grupo de judíos inconformes con sus enseñanzas para apedrearlo por la blasfemia de haberse llamado Hijo de Dios, y dioses potenciales a todos los hombres de conciencia, sus apóstoles, el milagro que habrá de representar el summum de sus enseñanzas está por realizarse: la resurrección de Lázaro, que ha muerto físicamente a causa de una enfermedad. Ese es el punto de partida de la obra de Rendón. Sin embargo, a diferencia de los Evangelios, en esta historia Lázaro no espera a El maestro, sino que resucita por sí mismo, y gracias al perdón de su madre, que atiende a los ruegos de sus hijas para que se anime a parirlo una vez más.

“¿Crees que debamos hablar de él como se habla de todos los muertos?” se preguntan las hermanas constantemente, haciendo de esta línea una anáfora que otorga musicalidad y ritmo al texto en su primera parte.

Conocemos el lamento de la madre de Lázaro por haber parido un hijo muerto. Su voz se expresa con un lirismo mineral que otorga propiedades físicas al sentimiento. “Miren mis lágrimas de mármol, mis pétreas lágrimas corriendo sobre cara dura”. La metonimia que permite adjetivar los sustantivos refuerzan la calidad del dolor “¡Miren mis lágrimas cantera, lágrimas basalto, lágrimas turquesa y ópalo! Duras lágrimas, más duras que la hora del alumbramiento”. Un hijo muerto que vivió veintiún años. Esta figura poética (oxímoron) sirve al autor para darnos las claves de su tesis. Nacer muerto es una de las paradojas más terribles de la vida. Sin embargo, ella lo reconoce al decir: “¿pueden pensar en el dolor callado, el supremo dolor de ver a un hijo que no es hombre, ni es signo, ni es delirio, un hijo que no existe pero que ronda como espectro, que a diario se disuelve y se entrega a una muerte sin entierro?”
  
¿No suena esto a la descripción del individuo anónimo en la masa, del cual habla claramente Ikram Antaki en su exquisito compendio de cultura El banquete de Platón? ¿O al perfil de El hombre mediocre, ese individuo mediano, sin ideales que obedece a la programación de la conveniencia que nos entregó José Ingenieros a principios del siglo pasado? ¿O al espécimen que mejor retrata al individuo contemporáneo, representado en la proyección Zombie que tan absurdo éxito ha tenido entre los más chicos?

La madre habla de la vida de Lázaro como de un sueño del que al abrir los ojos se despierta a un nuevo sueño para despertar en otro y en otro; y está cansada de parirlo mil y un veces muerto. Es el sueño de la inconsciencia, del automatismo, de la indolencia espiritual, de la no realización, de la desconexión total del Ser. Y eso, la madre lo perdona. Pues como ella dice: “Perdonar es dar la vida… Hoy es el día del perdón y reviven los muertos.”


 

Siguiendo el método de interpretación simbólica que nos enseña Alejandro Jodorowsky en Los evangelios para sanar, La madre es el Basto, que representa al sexo, la creación, y a la conciencia espiritual; el hijo, el Oro, el cuerpo, la materia a quien la madre le otorga la posibilidad de vivir en el amor, la verdad y la fe, la Copa. Y éste la toma. Quiere vivir. Así es que en la historia de Rendón, Lázaro resucita antes de que llegue El maestro para obrar el milagro. Ya no fue necesario. Ahora El maestro no puede demostrar su poder. Lázaro es el ego y todos los aspectos de la personalidad que no se construye para fines trascendentes, sino para la apariencia, para tener más que para ser, y apesta, se está pudriendo entre las hermanas (la razón y la duda). Pero el perdón, es decir, la aceptación de la conciencia, la elección del amor a la incertidumbre, en vez del miedo a la verdad, dan nueva vida a Lázaro. Dice Jodorowsky: “Todos estamos muertos. Mientras que algunos de nosotros no haya realizado su toma de conciencia, todos somos Lázaro muertos en descomposición, encerrados en una cueva bloqueada por una piedra.”

Hasta aquí la coincidencia del evangelio con el poema de Rendón. A excepción del tiempo en que se obra el milagro, pues de aquí en adelante el protagonista principal de los Evangelios es degradado por la conciencia representada en la madre de Lázaro, y condenado a muerte por propagar la mentira de su filiación única con Dios, “porque Dios es el hombre que ha dejado ya sus mitos”.
  

Aún así, convencida de que su hijo no ha renacido, sino que sólo ha despertado de otro sueño a una nueva muerte, insta a El maestro y a Lázaro a que salgan de la tumba y mientan a la multitud; que le entreguen el milagro que esperan, el mito que los sostendrá más de dos mil años sin vida, porque, dice la madre: “La mentira agarra a los muertos…que son los que no sirven, los que nunca fructifican. Son los arroyos secos, los libros nunca abiertos, los sueños no soñados, los silencios”.


   

Ahora es momento de abrir el libro y renacer en sus palabras al maestro Rendón, quien en esta obra nos invita a empoderarnos de nuestra condición humana; de la posibilidad de desarrollarnos como personas conscientes, y nos emancipemos de las figuras de autoridad que la mayoría de las veces sólo vampirizan el espíritu de los ingenuos, pues propagando una mentira como verdad, sólo pueden conducir a la muerte.

*según traducción.
José Manuel Ruiz Regil/ Analista cultural.
5 de abril de 2015 Casa del Risco, San Angel.

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