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sábado, 7 de febrero de 2015

Evocaciones de un caminante

Por Hortensia Carrasco Santos


Hortensia Carrasco, jmrr, André Cisnegro en C C Cerrojo
5 de febrero de 2015

Hacer un poema o varios cuyo tema sea la ciudad creo que tiene que ver con si se le ama o se lo odia, aunque cualquiera que sea el sentimiento, el poeta elige los versos que mejor plasman sus evocaciones. Es ahí donde comienza el viaje y es a partir del primer verso que el lector comienza a ser parte de un recorrido literario que lo hará sorprenderse porque siempre una ciudad guarda otras dentro de ella misma.

Y es que muchas veces la urbe nos expone a quedarnos perplejos ante sus maravillas o a quedarnos acongojados ante toda su fealdad; sin embargo, el hecho de que siempre exista en las grandes ciudades una situación desagradable no es una limitante para tener una visión amorosa sobre ellas.
  
Por ejemplo, Italo Calvino, en su libro Las ciudades invisibles nos muestra un acercamiento a aquellos viajes que emprendió Marco Polo y que daba cuenta a Kublai Kan, hijo de uno de los más sanguinarios gobernantes del imperio mongol. Pese a ser también un dominador del mundo el heredero de ese gran imperio escuchaba a Marco Polo con gran interés pues el viajero hablaba de ciudades maravillosas en las que a su vez parecía imposible habitar. Sin embargo, el mismo Calvino expresa que a pesar de que es cada vez más difícil vivir las ciudades no impide escribirles un poema de amor.

Por su parte el poeta Constantino Kavafis decía que “la ciudad te seguirá donde quiera que vayas” y me parece que al menos en poesía pocos son los poetas que no han hablado de la ciudad en un poema o en un libro completo.

En México, desde los tiempos prehispánicos se sabe de algunos poetas que le cantaron a sus ciudades, tal es el caso de Nezahualcoyotl, cuya sensibilidad estética lo llevó a plasmar el tema tanto en la arquitectura como en la poesía.

Tiempo después y ya en el Virreinato, Méndez Plancarte afirma que “la Nueva España matizó sus frutos con la savia y el aire nuevo de sus temas históricos o descriptivos, alusiones locales y costumbristas, mexicanismos y rasgos del naciente carácter propio de sus gentes, dando al conjunto de la poesía cierto sabor y tono mexicanos. Las loas a la ciudad de México ocupaban una parte de la poesía del siglo XVI.

La ciudad como veta escritural hace posible que surja poesía de diferentes tonalidades, es decir, según la vivencia urbana habrá poesía social, lírica, erótica, amorosa, entre otras y cuyos representantes forman parte de una lista que sería muy difícil poder citar, sin embargo podemos recordar por ejemplo a Efraín Huerta a José Emilio Pacheco, Dolores Castro, José Revueltas, Carlos Pellicer, Leopoldo Ayala, entre muchos otros.
  
Hortensia Carrasco y jmrr
Pero ahora de las que nos ocuparemos es de la poesía escrita por el poeta José Manuel Ruiz Regil, de quien hoy tengo otra vez el enorme gusto de presentar su libro titulado Testamento del caminante, editado por la editorial Versodestierro.

Vicente Quirarte ya hablaba de la capital mexicana en su ensayo Un testamento de la ciudad romántica, el cual quiero asociar con la visión cotidiana y amorosa de Regil. En el mencionado ensayo, Quirarte proporciona imágenes de la vida cotidiana a partir de algunas experiencias del poeta Manuel Acuña, quien caminó por las calles del Centro Histórico tantas veces antes de su suicidio en 1873 y cito lo siguiente:

“El 10 de diciembre de 1873, la plaza de Santo Domingo se reanima con los olores que llena el aire cuando abren sus puestos los vendedores de heno y paja, de soles y lunas de estaño”.

Eso sucedía en aquellos tiempos y en el ahora Regil, con sus poemas nos remite a otro tipo de olores, aquellos que dejan las personas que forman parte del poema Los gritones: tenemos entonces el olor del garrafón de agua electropura, del periódico, del gas, de las gorditas y peneques y de los tamales oaxaqueños.
   
Retomando el ensayo de Quirarte, este nos dice que “la ciudad que el poeta Manuel Acuña contempla, tampoco era segura, sobre todo por las noches, de hecho en octubre de 1873 se logra la captura de Jesús Arriaga, mejor conocido como Chucho el roto”.

Era otra época, sin embargo hay situaciones que son propias de la ciudad y es ahí donde el poeta tiene que comprender a esta capital a través de los vaivenes del tiempo. Regil recorre la urbe o la ur-bre como él le llama y trata de conocerla y cuidarse de no colocarla en sus poemas como mera anécdota sociológica, o preocuparse por la persecución del coloquialismo, pero sí pone atención a las trivialidades de la vida cotidiana haciendo que estás trasciendan transformadas en versos.
  
The Big Band Poet.
No obstante al poeta lo que más le interesa es el aspecto íntimo de la vivencia urbana pero también la ciudad marginal, ese arrabal que nos jala para poder convertir a todos esos animales urbanos que a diario observamos ya sea a pie, en bicicleta, descalzos o con los zapatos desgastados, en formas e imágenes literarias que darán cuenta de hechos truculentos o hechos maravillosos.

José Manuel Ruiz Regil nos hace ver que el Distrito Federal es un sitio que está saturado de automóviles, por lo que se tiene que caminar para conocerlo y vivirlo, ya no solo a golpe de calcetín sino a golpe de cayo o grieta. Cito:

“Cuando camino, mis ojos se deslumbran entre tantas raíces y mi horizonte se ofrece lejano todavía, no tengo más remedio que abrazarlo”.
  
Alberto Cerrojo y jmrr
Es muy probable que cada libro de poemas a la ciudad sea también un registro al que puedan acceder no solo los lectores para su disfrute, sino los cronistas, los historiadores y los investigadores, para de ese modo sabe cómo es la ciudad a través del tiempo y las preocupaciones, alegrías, sufrimientos, manías, desamores, de la gente que la habita.

En Testamento del caminante queda asentada una forma de vida de la ciudad de México a principios del siglo XXI, que no es igual a la del siglo XVI, tiempo en el cual la ciudad “era una niña que apenas balbuceaba”. Ahora la ciudad es “la enorme vagina que anida racimo de las especies”.
   
Arte Duro en Cerrojo
No es la misma que amó y odió Efraín Huerta, es un lugar más odiado y más querido. Tampoco es la misma ciudad que Jack Kerouac recorrió y a donde vio lo más grotesco e ínfimo de la naturaleza humana, no es ese eje central que el poeta Beat caminó bajo el influjo de las drogas y el alcohol y que después retrató en su libro Tristessa.

Esta ciudad es otra en las palabras de un caminante que se decidió a inaugurar nuevas rutas de viaje, son las evocaciones de un poeta que sabe que con todo lo que sucede en ella deberíamos odiarla, pero sabe bien que la ciudad se repite pero con otras gentes, con otros nombres, que la prostituta con quien compartió Kerouac, se ha repetido en tantos sitios, porque en la Merced, en el Eje Central, en Garibaldi, deambulan a diario las Tristessa; así como los Chucho el roto, y que mientras haya fuentes habrá niñas bañándose y mientras haya una ciudad habrá otras, muchas ciudades dentro de ella esperando que un viajero, un explorador, les cante.



Leer el comentario sobre este libro, de Adriana Tafoya, la editora, leído el 20 de agosto de 2014 en el Foro Cultural Martí. .Aquí
Leer el comentario sobre este libro, de Juan Carlos Castrillón, leído el 20 de agosto de 2014 en el Foro Cultural Martí. Aquí.

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